“Es posible dar una clase mientras el alumno tiene libre acceso a internet”

magisnet.com / R.Santodomingo

Más listos, sociables y comprometidos.
Capaces de chatear en clase y atender al profesor de forma simultánea.
Así es la Generación Einstein, término acuñado por Boschma en su obra
homónima para referirse a los nacidos después de 1988.

Jeroen Boschma es autor de un libro polémico
porque las afirmaciones que en él se contienen no son las habituales.
En muchos casos se trata de auténticos métodos revolucionarios, tanto
pedagógicos como educativos en general.

Usted
asegura que para los niños y adolescentes de hoy en día las imágenes
tienen más importancia que el lenguaje a la hora de asimilar
conocimiento. No faltarán voces que le digan que esto supone un
desastre educativo, pero usted percibe este cambio como algo positivo.

Sí,
porque nos hace más creativos. Los sistemas educativos que tenemos en
la mayoría de países vienen heredados de la Revolución Industrial, y el
mundo está cambiando tan rápido que lo que necesitamos enseñar a
nuestros hijos es la capacidad de improvisar y resolver problemas sobre
la marcha recurriendo a la intuición. Estoy firmemente convencido de
que en la escuela se debería dar más danza, teatro, pintura, cine,
fotografía… todo tipo de asignaturas creativas.

¿Pero no cree que añadiendo estas materias al currículum se bajará el nivel de Matemáticas, Lengua, Ciencias…?
A
lo mejor deberíamos enseñarles las cosas a su manera de forma que se
aprenda lo mismo en menos tiempo. En Holanda existe un programa de
aprendizaje de inglés a través del juego que en cuatro meses consigue
los mismos resultados que los métodos tradicionales en cinco años. Si
seguimos empeñados en hacer las cosas como hasta ahora, en rechazar
cualquier cambio por pequeño que sea, no conseguiremos nada.
Necesitamos transformar radicalmente nuestra forma de pensar sobre la
Educación.

Abogar, como usted hace en Generación
Einstein, por las fórmulas constructivistas, es decir, por que el
alumno construya conocimiento con una intervención mínima del profesor,
empieza a sonar polémico en los tiempos actuales.

¿Y
sabe qué está ocurriendo ahora? Que tenemos clases de 30 alumnos
enfrente de un profesor, ocho horas al día, actuando como si
aprendieran sin que realmente aprendan nada. Están fingiendo. Eso es lo
que me dicen a mí, que aprenden más fuera que dentro del aula.

Quizá sólo sea una opinión que no necesariamente se corresponde con la realidad.
Ya, pero la gran pregunta es: ¿cómo podemos hacer que los alumnos se sientan interesados en lo que queremos enseñarles?

También es cuestión de edades. No tiene nada que ver un estudiante de Primaria con un universitario.
Mi
opinión es que a cualquier edad se puede desafiar al alumno, invitarle
a que explore caminos sin intentar controlarlo todo al estilo clásico.
En una ocasión, la profesora de Matemáticas de mi hijo me espetó: “Lo
siento, su hijo no es muy inteligente, llevamos un año y el chico no
pasa del dos más dos es cuatro”. Y yo respondí: “Es curioso, porque el
pasado fin de semana jugamos con una cartas de Pokemon y fue capaz de
aprender 256 nombres japoneses en sólo dos días. Es posible que no sea
tan tonto, quizá el problema radique en que no le hemos ofrecido una
forma de aprender que le resulte atractiva”.

¿Entonces sabemos muy poco sobre cómo atraer la atención del alumno actual?
El
problema es que ni siquiera lo estamos intentando. Hablamos y hablamos,
pero el hecho es que, en esencia, los sistemas educativos actuales
reproducen las mismas pautas que en los años 50. Un profesor, varios
alumnos, calla y escucha lo que tengo que decir, estudia… Y no nos
damos cuenta de que ahora la enseñanza personalizada es una posibilidad
real. Suministra a cada alumno un ordenador o una consola, instala un
juego y que cada uno aprenda a su ritmo siguiendo su propio camino. Al
final asimilarán los mismos conceptos aunque de manera individualizada.

¿Es el comienzo de una nueva era?

Sí,
y no hay vuelta atrás. El mundo cambia tan rápido que ni siquiera
sabemos qué tipo de trabajos desempeñarán los alumnos de ahora. La
revolución tecnológica ha acelerado el ritmo con resultados
imprevisibles. Los chavales de ahora son conscientes de que no es
necesario saberlo todo, basta con conocer a alguien que sabe más que yo
o con recurrir a internet.

Ordenadores en el aula: tema polémico donde los haya. Ha
habido experiencias nefastas. Alumnos mirando pornografía,
descargándose música, chateando… Puedes poner filtros y contraseñas,
pero al final los chavales encuentran la forma de sortear estos
límites.

Nada de contraseñas: libre acceso todo el tiempo.

La clase sería un desmadre…
No,
yo lo he hecho y ha funcionado. Mis alumnos estaban chateando mientras
yo impartía la clase. Multitarea, ningún problema. Ellos me replicaban:
“lo que usted dice no es del todo correcto; según esta página web, tal
profesor de tal universidad afirma lo contrario”.

¿Chateaban,
le escuchaban y buscaban información de contraste? ¿Todo al mismo
tiempo? Tiene usted una fe enorme en la inteligencia del ser humano…

Desde
luego. Estamos en un mundo nuevo, y hasta que no comprendamos esto no
habremos avanzado nada. Enseñar en la actualidad no se trata de dar
respuestas, sino de estimular para que los alumnos planteen las
preguntas correctas.

Pero para hacerse preguntas
relevantes uno tiene que haber acumulado un cierto nivel de
conocimiento, tener un mínimo de madurez intelectual.

Desarrollamos
un programa en Holanda para enseñar a alumnos de 10 años la esencia de
la democracia. Intercambiar opiniones, respetar las ideas del
contrario… Es perfectamente posible con estudiantes de esta edad. Pero
no puedes hacerlo diciendo “mirad, esto es la democracia, aquí viene
escrito, en este libro”. Nosotros lo hicimos a través del juego,
jugando a la democracia. ¿Por qué obligarles a que se estén quietos en
sus pupitres escuchando verdades absolutas durante horas? Sabemos que
eso no funciona.

Dice también que los adolescentes son ahora “emocionalmente más sociales”.
La
amistad, por ejemplo, es para ellos mucho más importante de lo que lo
era para mi generación. Añadiría que los adolescentes de ahora se
sienten más comprometidos a la hora de hacer de este mundo un buen
lugar para vivir. Sé que muchos no piensan así, pero es porque no
entienden lo que está ocurriendo.

Según su obra,
tampoco parecen aceptar la noción de jerarquía en su sentido más
anacrónico, ya sabe, aquello “esto es así porque lo digo yo”.

Para
esta generación la autoridad no se concede por ser quien eres, sino por
lo que sabes. Hay otra cosa que no funciona para ellos: la falsedad en
la forma de comportarse. Yo les diría a los profesores que sean ellos
mismos, que no se pongan la careta autoritaria cuando entran en el aula
por el simple hecho de que ese es el papel que en teoría les toca
asumir. Y si les hacen una pregunta cuya respuesta no conocen, que lo
digan sin temor. A mí nunca me dijo un profesor “no sé”.

VALORES TRADICIONALES

– Crisis económica y nuevas generaciones
“Yo
definí a la Generación Einstein, que creció en un momento de gran
desarrollo económico, como optimista. Ahora me preguntan si la
irrupción de la crisis ha cambiado mi opinión. La respuesta es no.
Pienso que siguen siendo optimistas, ya que no creo que se sientan
realmente afectados por la coyuntura económica. Para ellos, lo
importante, lo que de verdad se plantean, no es tanto cómo puedo
enriquecerme sino qué puedo aportar al mundo para que todos seamos más
felices y mejores personas”.
– La familia
“Las
nuevas generaciones han vuelto la mirada hacia los valores
tradicionales. Pensemos en la familia. En mi generación –tengo 42 años–
casi todos nos independizábamos de nuestros padres antes de los 20
años. Si no lo habías hecho a los 21 se te consideraba un auténtico
pringado. Ahora la media en Holanda se sitúa en los 26, y no se trata
necesariamente de razones económicas. Simplemente ha dejado de ser una
prioridad”.

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